03 de Marzo 2008
Hinchas
Una campaña electoral se parece cada día más al fútbol. Equipos con aspiraciones hay muchos y de todos los colores, pero sólo uno podrá alzarse con la copa de campeón en la última jornada. Pero antes tiene que esforzarse para ser el mejor. Para conseguirlo los equipos sacan estos días a los ministros, o a los que aspiran a serlo, a sudar la camiseta por las calles y mercados. Lo de la camiseta es una mera metáfora, claro. Un ministro en camiseta, y sudada, haría caer en una profunda depresión a media docena de asesores de imagen. Las formas, afortunadamente, incluso cuando la competición está reñida, siguen siendo importantes en los ámbitos donde se juega el poder real.
Lo que es innegable es que sin desplanchar el traje, el político tiene una tendencia inalterable a transformarse en hincha. La sensatez, lleve o no corbata, deja paso a la irracionalidad de la defensa, con razón o sin ella, de los colores propios. Es normal. Es lo que cuentan que le sucedió a un señor de Montevideo (Uruguay) llamado Prudencio Miguel Reyes, que tiene en su haber el haber enriquecido nuestra lengua común con esta palabra. Cuentan que Reyes fue empleado hace más de cien años por el equipo de fútbol local para ocuparse de los balones. Una de sus tareas era la de inflar – o hinchar- el balón antes de cada partido. El tal Reyes a medida que colocaba aire en los esféricos se hizo incondicional del club para el que trabajaba y empezó a animarlo como nadie. Sus gritos, gracias a su trabajada capacidad pulmonar, convertían en tímidos murmullos los de los demás.
No está mal que haya hinchas. Contribuyen notablemente a darle colorido al espectáculo electoral. El problema está cuando el hincha se transforma en un “hooligan” que utiliza la cabeza no para pensar sino para arremeter con ella contra el estómago del adversario. Entonces es natural que la mayoría no vaya al campo y sólo mire los partidos en televisión. Gente cabal.
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